EN BUSCA DE LA PRIMA AGUSTINA…

EN BUSCA DE LA PRIMA AGUSTINA…

POR ARISTEO JIMENEZ 

Era un día de mucho bochorno cuando me di fuerzas para entrar por primera vez a un congal, Iba a buscar a mi prima Agustina, Me lo había encargado la tía Atanasia muy seria, porque mi prima era obrera en una maquiladora, o al menos eso le dijo la primera vez que le entregó el sobre amarillo con los Ciento veinte pesos de la raya, pero ahora le llegó el chisme en la vecindad donde vivían, de que en realidad trabajaba de prostituta en El Zumbido, Un lugar de venta de carne femenina y masculina, El Zumbido ocupaba un tejabán hecho con láminas viejas y madera de desecho, pintada de un verde alimonado, en el barrio de La Coyotera. Al pasar una puerta, que en realidad era una vieja cobija grasienta y deshilachada, me gritó una mujer obesa que espantada el calor con un periódico —- vienes a ocuparte mijo— me preguntó;—- vine a buscar a mi prima le contesté —-levanté la vista y sobre una larga hilera de estrechas puertas de la acera izquierda, se asomaron unas veinte mujeres enfundadas en unos coloridos vestidos, con el pelo sin peinar, en chanclas y mascando chicle, del lado derecho eran hombres vestidos de la misma forma que las mujeres, pero bien maquillados y con zapatos de tacón, algunos de ellos me sonreían con sus bocas donde mostraban su dentadura amarilla y sus labios pintados de un rojo semáforo. caminé despacio buscando la cara de Agustina hasta el final del largo pasillo donde remataba con un altar de la Virgen de Guadalupe. No la encontré, me regresé a la entrada, a ambos lados muchas manos me intentaban jalar hacía adentro de sus cuartuchos, al tiempo que exclamaban ! Te vas a ocupar, te vas a ocupar ! Te cobro diez pesos con todo y beso chimuelo, apresure el paso buscando la puerta de salida, de reojo pude ver a la señora obesa haciendo el amor con Remigio, un vendedor de paletas, que siempre apestaba a alcohol industrial y a sarolo. Yo Tenía quince años y la verdad me gustaba mi prima— que bueno que no la hallé puteando— seguí boleando toda la tarde en las otras cantinas de la Garza Nieto. Era Sábado y debía apresurarme en completar los cincuenta pesos, que era lo que tenía que entregar para los gastos de la casa.

Roberto Guillen

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