ESTAMPAS DE FAMILIA 41

 POR JOAQUIN HURTADO

Rosy mi mujer y yo tomamos las carreteras secundarias intraserranas para viajar de Monterrey a Real de 14. Se me hizo fácil y empaqué entre la ropa de nuestro equipaje varios churros de mariguana. No se lo dije a ella para no alarmarla. Al bajar de una cuesta escénica, después de la Escondida en Aramberri N.L, avistamos un puesto de control militar.

Ya valió queso, comenté. Rosy no me hizo caso. Me puse muy nervioso. Ella preguntó la razón. Al fin le dije sobre la droga maldita traída de contrabando. Fría y desalmada como sólo es mi vieja dijo: tú no digas nada, puñetas, déjame esos sardos a mí sola.

Alto total. Caras militares de pocos amigos. Metralletas, pertrechos, jeeps, un helicóptero, botas reglamentarias, cascos. Escena de guerra en Viet Nam. ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Qué llevan? Nada, nada. Abran la cajuela. Sí, señor oficial. Manos metódicas hurgan las pocas maletas. Abren zipper.

Rosy: ay, oiga, me va a hacer atole unos chocolates que llevo para mi tía de Matehuala. Sonrisas. ¿No gustan unas tablillas de mi chocolate alemán, está riquísimo; quitan el frío, pruebe con confianza…?

Al oír aquella oferta los demás uniformados se acercaron. Rosy se lució distribuyendo sus amados chocolates entre los fieros militares que cambiaron su mueca agria por sonrisas infantiles. Se zamparon todas las barras de mi cacaoadicta esposa.

Sigan, buen viaje, gracias por los chocolates, señora.

Uff.

-Pinche estúpido, a la próxima dejo que te metan al bote por mariguano, no sabes cómo me duelen esos chocolates que me trajo mi hijo desde Alemania. Baboso, nunca te lo voy a perdonar.