DONADIE

DONADIE

POR JOAQUIN HURTADO PEREZ

Si escriben o leen por puro placer no se exhiban. Escóndanse. Abundan los peligrosos Donadie. Recuerdo a uno en especial, llegaba a casa de mi amiga T. con sus alhajas de oro macizo, su mustang del año, botines de piel exótica, y ropa de marca. Me saludaba con fuertes apretones. Su mano parecía mojarra sudada, babosa, hedionda, corrupta. Sacaba una botella de güisky de medio pelo, se abanicaba el calor y se sentaba a mi lado a platicar, fumar puro y beber con ademanes de gran potentado. ¿Qué lees, flaco? Preguntaba sin esperar por mi respuesta. Me caía muy mal. Me caía muy atravesado por sus ínfulas de nuevo rico, barón inculto de colonia popular. Abogado de traficantes, hacía alarde de sus negocios turbios. Sus hazañas consistían en desplumar incautos en complejos procesos de divorcio y acostarse con las clientas más desesperadas. Relataba con pormenores sus travesuras juveniles en el barrio violento y humilde donde creció. «Escribe mi historia, cuenta de cómo me volví un hombre exitoso». Dejaba caer en seco una serie de aburridas y previsibles anécdotas durante dos horas. «Si publicas un libro sobre mí te doy el 15 por ciento de las regalías, te vas a volver rico». Lo escuchaba con fingido entusiasmo porque era novio de mi amiga y aportaba varios kilos de carne en los convivios. Ya borracho se ponía a cantar boleros norteños. Muy noche se iba solo a congalear a los bares más chafas. Nunca acepté escribir sobre sus hazañas ni experiencias porriles. Ahora me cuido mejor, me pongo a leer a escondidas, cuidándome de no ser descubierto por algún Donadie con mustang rojo del año y biografía impune.

Roberto Guillen

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