Marx y Bakunin: el teatro como juego y lectura crítica

Marx y Bakunin: el teatro como juego y lectura crítica

ANDRÉS VELA.-

Justo cuando estamos en las “heladas aguas del cálculo egoísta”, y en nuestro país la definición ideológica significa la descalificación, surge como una voz en el desierto Marx y Bakunin, obra del dramaturgo Xavier Araiza, y llevada por éste mismo a escena en el espacio escénico Theatron.

Nada más revolucionario que ese esfuerzo de la imaginación que junta a Marx y Bakunin, vaciando todo el vodka disponible a cuenta de rehacer el pasado (un pasado que no lo es del todo, y cuya pertinencia crítica es confirmada por los estragos del presente); nada más agitador que ubicarlos en un bar llamado Los Demonios y poner como propietario del mismo al terrible Dostoyevski, contexto que nutre el discurso incendiario.

Pero por fortuna, texto y contexto, en la imaginación del dramaturgo Araiza están lejos de la gravedad académica y de la solemnidad del feligrés, porque la lectura del tiempo es una lectura crítica: Araiza se opone al mantra de la Derecha que insiste fatigosamente en sepultar al marxismo en el pasado; pero, al mismo tiempo, no hace como si el siglo hubiera pasado en blanco, y pondera, argumenta, aclara, rehace críticamente el siglo XX.

Marx y Bakunin se reúnen en un encuentro imposible, contra toda ortodoxia, no sólo histórica, sino de lógica dogmática: pues estamos frente a dos personajes que, sin fantasear ni modificar hechos históricos, son construidos por el autor, a través de la reflexión de muchas lecturas. Pero hay que agregar que esa construcción-relectura no sólo es hazaña del autor, sino que hace partícipes a los actores, quienes también han tenido que beberse mucho Marx y Bakunin para completar la figura de tan intensos personajes.

Así pues, a cuenta del novelista ruso, ambos personajes (quizá las figuras más vitales de los movimientos de lucha radical en la época moderna) tijeretean el siglo, ideas, personajes, sucesos y situaciones de todo tiempo histórico, incluso a sí mismos. Hay una reconciliación: la siempre desead y nunca lograda reconciliación entre los libertarios que desconocen toda autoridad y el crítico igualmente libertario pero que sabe que todo tiene un proceso. Así pues, vemos a Marx reivindicar a Bakunin y a Bakunin reconociendo a Marx, pero, en lo que es un punto nodal de la obra, ocurre el denuesto del stalinismo: Marx y Bakunin lamentando por igual la actuación de Stalin, y negando, con la furia necesaria, todo vínculo entre las ideas del gran filósofo y el acontecer del carnicero Stalin.

¿Cuántos pensadores y activistas ven ideas e inquietudes de tantos años reflejadas en la escena?, es una pregunta crepitante que flota entre los asistentes, quienes en lugar de butacas ocupan mesas que –en otro logro imaginativo- amplían la atmósfera del bar hacia el público mismo. “¡Salud!”, dicen Marx y Bakunin y “¡salud!”, brindan con ellos los espectadores que se engullen las parrafadas intensas que recitan los dos agitadores. Sudan, uno puede apreciarlo, sus frentes brillan y sus rostros están surcados por hilos acuosos que mojan sus barbas y empapan sus camisas. Y el espectador agradece todo ése caudal anímico que emana del escenario, y más si se piensa que toda esa pasión es exteriorización de ideas vivas y palpitantes.

Pero todo lo anterior no sería posible si desde el comienzo no se hubiera arrojado una clave de alcance lúdico e intelectual: ese distanciamiento irónico que el autor ha previsto para darle armonía a todo ese tinglado ideológico y escénico. Sin duda, el dramaturgo ha abrevado con fortuna en las aguas de Berthold Brecht, para lograr ese rompimiento/distanciamiento, que logra

volver digerible para cualquier espectador lo que de otro modo hubiera sido un fárrago de ideas inconexas. Las risas, murmuraciones del público confirman que el intento por ser lúdico (que no entretenimiento) ha llegado a buen puerto, como cuando Marx tiene una regresión infantil en la que involucra a Bakunin, desacralizándose mutuamente, sacudiéndose el polvo de la historia para bajar del pedestal.

Marx y Bakunin ríen, beben, ruedan por el escenario, despabilando a un público que quizá aún nada en la somnolencia de la sociedad de consumo (compre-venda-compre-venda), en la modorra de los discursos neoliberales que aspiran a devorarse el mundo. Marx, borrachísimo, juega a ser Hamlet (ya antes lo vimos bailar con los Rolling Stones) y se pone los guantes para –en el papel de Mohamed Ali- derribar a Bakunin, transfigurado a su vez en el legendario George Foreman.

Marx y Bakunin (Simón Petrikov y Francisco García, excelentes) seguirán emborrachándose todo el mes de junio, rememorando el pasado para atizar el presente, en la taberna dostoievskiana a la cual están invitados todos los que quieran ser sacudidos por la prédica delirante de la libertad. La cita es en el Theatron Espacio Escénico: https://www.facebook.com/theatronespacioescenico/

¡Salud!

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