LA LOCA DEL MANIQUI A TRAVES DE LA CAMARA DE CINE

ANDRES VELA
La Loca del Maniquí es ya una tradición en nuestro contexto. De todo el batiburrillo de intentos honestos pero deshilachados, de talento que no acaba de ser, de algunos cuantos momentos memorables que parece arrasados por ese tropel de chabacanería que es la comedia al estilo multimedios, el teatro de Xavier Araiza destaca por atípico. ¿Por qué la afirmación?
Porque lo constituye una serie de elementos que no son usuales en nuestro terruño: privilegia un mundo personal (por cierto: de gran densidad ideológica); es la creación de situaciones dramáticas que comportan ideas, teorías con las que el mundo crítico sigue polemizando. Así mismo, cuando adapta una obra, ésta es –o refiere- a un pensador que ha influido sobre la concepción del mundo de Araiza.
EL monólogo de esta “muñeca rota”, fluido tumultuoso que resume las vejaciones de un siglo a la mujer (sin solemnidad ni manipulación simplona de sentimientos), derrocha tribulación por todos lados, sin caer en la afectación: sólo lo sabemos por su incapacidad de mantenerse en el mundo de la razón. Lo que queda son fragmentos, fragmentos que se confrontan en el espejo (en un espejo, pero el espejo también es ese maniquí mutilado).
Lo anterior se sostiene en la creación de Mauricio Mauricio De la Maza Benignos, director de cine que llevó a la pantalla grande La Loca del Maniquí. Si único es el trabajo teatral de Xavier Araiza, insólito es el experimento de Mauricio. He dicho experimento pues, ante la puesta en escena, uno se preguntaría “¿cómo diablos la va a filmar sin destruirla?” Se lo preguntaría cualquier espectador… ¿se lo preguntaría Mauricio? Pues para que haya dado ese paso, la obra tiene que haberlo golpeado. ¿Cuántas horas definitivamente habrá dedicado a verla y componer su creación? Quien conoce la obra puede ver que el montaje se compone de una serie de rushes seleccionados dentro de una acumulación de rushes que surgió de una serie de visitas al Café Teatro, donde se presentaba el monólogo.
Me he referido a las tomas de la obra, puesto que son el cuerpo del filme, pero el director le agrego una introducción: ella es tomada en un lugar que, aunque prolifere el verde, pareciera reflejar el destierro. Mauricio de la Maza tiene el acierto de filmarlo en su totalidad, sin manipulación alguna, de modo que sentimos los sonidos, la luz, toda esa naturaleza inerte. Es el manejo de la cámara lo que logra traducirnos la expresión de ella (esa “ella” que -hay que recordarlo- es engendrada por un dedicado Xavier Caro).
Cuántas las conversaciones entre los dos directores, en qué se coincidía o hasta dónde la libertad fue total. Esas preguntas surgen, pero no tenemos interés en rastrearlas y ni siquiera en plantearlas. Porque ante el logro estético preferimos adivinar un caudal de elucubraciones que progresaron hasta este todo, completo. Sin duda hay un coincidir: el lenguaje cinematográfico traduce la preocupación estructural del lenguaje teatral. Araiza nos trae al teatro local la genialidad de Brecht: ese rompimiento que cachetea al espectador, para instarlo a la toma de conciencia, al replanteamiento de lo que era sólo lineal. En la pantalla, Mauricio ha logrado ese rompimiento a través de imágenes, pero, sobre todo: en una diversidad de shots.
Jump cut brechtiano: el resultado es la armonización de la aparente disparidad. Montaje deliberadamente fragmentario de fragmentos de una puesta en escena que nos comunica a una mujer fragmentada. No podía ser de otra manera. Pero esto último lo sabemos una vez que hemos visto el filme hasta el fin. ¿Qué es este filme? ¿Teatro filmado? ¿la película de un texto teatral? ¿La exposición de imágenes como símbolos de conceptos contenidos en ella? Es todo eso y aun más: un experimento. Abordaje lúdico de una experiencia intelectual: sin duda la de Mauricio al ver la obra, y la de todos los espectadores que la han disfrutado por años.
Para quien desee ser confrontado por ese monólogo (que nos habla directamente de lo que ocurre en nuestro tiempo aun siendo atemporal), la cinta se exhibe los domingos 12, 19 y 26 de junio a las 3 PM en el Teatro DramaticoMx en Calle Morelos #1081, en el Barrio Antiguo. Así como la obra original del dramaturgo Xavier Araiza, los martes 7, 14 y 21 de junio a las 8 PM.