SABINA, ADORABLE, SABINA…

SABINA, ADORABLE, SABINA…

ANDRES VELA

De un encuentro con Sabina Berman.

A punto de cruzar la avenida, se detiene un taxi: «¿aquí es la Feria del Libro?” Sí –respondo sorprendido. Baja y me da la mano: «¿tú nombre?» (por desgracia ya no tengo pila para grabar, de todos modos, veo que tiene prisa). Le expreso mi deseo de entrevistarla pronto, pero «se va armar un debate», dice con expectación; sobre todo, porque prevé se junte una banda de derecha. Pienso en esto último y creo (quiero creer) que me hace una invitación, como si intuyera que coincidimos. Pero me despido, un tanto arrepentido de no haber aprovechado su trayecto a la sala, para conversar, comentar, preguntarle, en fin.

Al día siguiente voy a la imprenta a recoger una manta que me encargó Noyola, actual timón del activismo regio. Es para recordar al luchador social Orellana Cota. Después de ver a Noyola busco un bunker donde sosegarme, sacarle la vuelta a la tarde bulliciosa. Entonces ocurre: a través del cristal la veo, me saluda; agita su mano con una familiaridad grata y, su sonrisa amplia, aumenta ese tono agradablemente rojizo de su cutis.

Salgo a saludarla y «recuérdame tu nombre», dice, «¿una tarjeta?», que por desgracia no tengo pero empiezo a arrojar comentarios y preguntas sin ton ni son, esperando ganchar la plática. Viste de negro, con unos encantadores pantalones color verde, que me recuerdan a los Beatles en la azotea. Enciende un cigarrillo, pero entonces viene el «¡no se permite fumar!» de la mesera. «Pero si nos vamos a tomar un cafecito», objeta ella con un toque que se me antoja irónico, sentada en esa mesa al aire libre. Con los ojos muy abiertos como si fuera a evitar una catástrofe, la mesera alega que atenta contra la salud, «¿contra la salud de quién?», exclama Sabina con algo de fastidio.

Ya se va, pero la retengo un poco: fragmentos de inquietudes, sobre todo literarias. Salta el nombre de Vicente Leñero, “mi maestro” dice y le planteo mi inquietud sobre la carencia de lo que Monsiváis llamaba “el periodismo de escritura”, sobre la ausencia de crónica, que estamos muy lejos de Novo, le digo. Ella hace una mueca de sorpresa, de desacuerdo, y me habla de lo bien que lo hace Fabrizio Mejía. “Hay mucha gente escribiendo, el caso es que no los conocemos porque muchas veces batallan para que se les note. Y hay un problema –agrega- no se les paga o se les paga mal”. Le digo que ese es un problema muy generalizado, pero ella me revira: “hay que escribir, hay que escribir por gusto, te paguen o no, la recompensa ya vendrá después”. “Vente a la presentación, así lo discutimos en público”, y me encanta la invitación a no ser un personaje pasivo, “quiere participe”, y allá me lancé.

El evento es a las seis, y la chica encargada de orientar no tiene idea de dónde está el auditorio C, aunque busca y rebusca, desganada. Por fortuna un lector alerta me dice “es de éste lado, yo voy para allá también”. Llego y veo un montón de escritores aún adentro, “¿y la autora?”, pregunto. “Se fue, orita viene… le están robando su tiempo”, expresa con disgusto uno de los chicos que llevan su libro: HDP. Por fin se inicia la presentación, que, en verdad, me pareció valiosa introducción tanto a Sabina como a su obra.

“Es un libro testimonio”, pensé decirle, pero no, porque, aunque la fuente es su propia experiencia tolerando al bruto de Salinas Pliego, hay creaciones muy importantes de ella, como la de un personaje femenino que desata un debate rico tanto en ideas como en experiencias; la presentación derivó en fértil foro feminista (la gente se prendió). Pero, ¡tenemos que irnos!: la chica encargada del evento tercia y nos indica la salida, y nos remarca que “no se puede quedar ni una sola persona en la sala”.

Lamento no poder decirle más, atajarla en su rápido caminar hacia no sé dónde. Sólo ¡Sabina!, le alcanzó a decir, y voltea sonriente, haciendo la “V” del 2 de octubre con la mano (o quizá sí le gusta el rock). Quería decirle que su libro es un anti Ayn Rand, un anti Rebelión de Atlas, pero será después, espero. Me quedo con lo que me dijo en el café, cuando le hablé de la importancia del discurso en su obra: “claro –me respondió- ¿escribir por escribir? ¿sólo palabras?, ¡qué flojera!”,

Roberto Guillen

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