NUNCA TAN IMPORTANTE

Por Susana Valdés Levy.
Desde que me tuve que divorciar a los 28 años de edad siendo madre de una bebé que apenas iba a cumplir dos años, comprendí que mi deber era asegurarme de que todos los días hubiera un techo sobre nuestra cabeza y pan y leche en la mesa. Las leyes de lo familiar en México de aquel tiempo eran, si no muy laxas, casi letra muerta y a pesar de que me había casado como dicen “por todas las leyes”, mi situación era prácticamente la de una madre soltera. Decidí no seguir mendigando y corriendo detrás de un escuálido cheque mensual de pensión alimenticia que, o llegaba tarde, o llegaba incompleto o simplemente no llegaba. Entonces, mis únicos recursos eran la posesión de un título profesional, mi juventud, mi amor incondicional por mi hija-a quien le prometí que nunca le iba a faltar nada- y toda mi fuerza de voluntad…así que me puse a trabajar sin pretextos ni quejas. Vendí carros en una agencia, participe en un desarrollo comunitario, publique artículos editoriales y columnas políticas en varios periódicos, fui representante de un senador de la república, fui conductora titular de varios noticieros de radio y televisión, llegué a trabajar en importantes proyectos de comunicación organizacional y estratégica. Recibí apoyo, colaboración y respaldo tanto como también aguanté grillas, críticas, traiciones. Trabajé mucho y me pagaban bien, lo que me permitió cumplir mi promesa de tener siempre un techo así como pan y leche en la mesa, además de cubrir otras necesidades tales como educación, vestido, atención médica, etc. Mis colegas de los medios no me dejarán mentir: en aquel entonces (a diferencia de ahora), salir en la tele era “muy importante” y hasta prestigioso. No era extraño que las personas en la calle pidieran un autógrafo o tomarse una foto conmigo…así era para todos los que de una u otra forma éramos los “payasitos de la tele” de aquellos años dorados y tiempos de gloria de la televisión local. La gente sabía mi nombre, me reconocían en la calle y hasta juraban saber más de mi historia personal que ni yo misma, colgándome pecados y virtudes de los que yo no tenía ni la menor idea.
Ahora tengo 57 años y soy solo voluntaria en un hospital local del condado de Hays, a quince millas de Austin. No me pagan ni un centavo. Llevo puesto un uniforme que consta de unos pantalones color beige, una camiseta de algodón blanca, un blusón de algodón azul, un gafete en la solapa, zapatos tenis blancos y guantes de látex azules que debo cambiar cada 10 minutos. Me asignaron el área de emergencias donde me toca presenciar todo tipo de hipocondrías o verdaderas tragedias. He tenido que esconderme para llorar cuando algo que veo me desgarra el alma, como niños y mujeres víctimas de violencia doméstica, gente con sobre dosis de drogas, congestión alcohólica o intentos de suicidi, entre otras cosas. Mi trabajo consiste primero en no estorbar a los médicos y enfermeras, ser casi invisible y en hablar lo menos posible, y segundo, en cambiar las sabanas de los 25 cubículos de atención que hay en esa área de urgencias, desinfectar todo lo reutilizable, tirar lo desechable, llevar y traer sillas de ruedas, limpiar la sangre, el vómito u otros fluidos y dejar todo listo para cuando llegue el siguiente paciente….no me pagan ni un centavo, casi nadie se sabe mi nombre a menos que lo lean en el gafete y sin embargo…nunca me sentí tan importante como ahora.