LA DELICIA DE LEER A JUAN VILLORO

ROBERTO GUILLEN
Si hay quienes hacen de la literatura el ejercicio de un taxidermista, donde se trata de disecar y/o deshuesar la vitalidad de cada personaje, los hay que ven en la literatura un vitalista vuelo sin escalas, como lo es el escritor mexicano Juan Villoro.
¿Cómo pagar el goce que nos otorga la gran literatura, que nos rescata del tedio y nos convierte en aristocráticos Amantes del Ocio? Si el hinchado comercialismo de un Vicente Fernández nos presume que las mejores horas de su vida las ha pasado al lado de una dama, habemos quien además de gozar a las venusinas, hemos flotado entre las noches rebeldes de una Madame Bovary. En ese sentido, me fascina el comentario del gran George Steiner, cuando nos recuerda el trance de Balzac en su lecho de muerte, invocando a Vautrin, uno de los inolvidables personajes que se había inventado.

***
El safari accidental de Juan Villoro es una declaración de amor por el ejercicio de la crónica, como el Humanismo inescrutable en-el-viaje de las Letras. También reviste el tinte de un testamento, en tiempos del cognoscidio, y de la fiebre por la golosina virtual : “la crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser”.
Estas son algunas letras de un Safari sin dimensiones de “pay per view”:
Estímulo y límite, el periodismo puede ser visto desde la literatura como el boxeo de sombra que permitió a Heminway subir al ring, pero también como de la ficción (cuando el protagonista de Conversación en la Catedral entra en un periódico siente que compromete su vocación de escritor en ciernes y ve la máquina de escribir como un pequeño ataúd en el escritorio). Como quiera que sea , el siglo XX volvió específico del cronista que no es un narrador arrepentido. Aunque ocasionalmente hayan practicado otros géneros, Egon Erwin Kisch, Bruce Chatwin, Alvaro Cunquiero, Ryszard Kapucinski, Josep Pla y Carlos Monsivàis, son heraldos que,como los heraldos del jazz, improvisan la eternidad.

***
El safari literario de Villoro nos habla de Mick Jagger y su inglés despotismo ilustrado; del marketing musical de Bono; de los días llevaderos de Peter Gabriel; de las peripecias que suscita un encapuchado en las montañas de Chiapas. Sus días de tallerista con Monterroso y dos deliciosos encuentros con Salman Rushdie y Martin Amis, entre otras golosinas atmósferas barrócamente literarias.
Digamos que Villoro asume la literatura como una estética para sacarle la vuelta y la lengua a los dogmatismos de la era: Isla de Paradojas: Cuba se mantiene en buena medida de lo que quiso rehuir en un principio: las remesas del extranjero y los turistas que no va `precisamente al primer territorio libre de América Latina: La opción “patria o muerte” resulta extravagante cuando nada vale tanto como el dólar.

***
La narrativa de Villoro no tiene tiempo para enclocharse con la postmoderna psicodelia del consumo: A las dos de la mañana, Bono bebe vino blanco del After Show y reflexiona sobre los signos que decoran el escenario: “Mcdonalds no inventó la curva parabólica. Es una forma hermosa que ellos se robaron. Nosotros se la robamos de regreso. Pensamos que Mcdonalds nos iba a demandar, pero no fue así”, añade con cierta decepción. Aunque U2 quiere usar la propaganda en forma neutra – ni una crítica, ni una glorificación del consumo, lo más original del espectáculo es que invierte las reglas de la mercadotecnia: la música patrocina a los anunciantes. El consorcio que ha vendido suficientes hamburguesas para unir la tierra con Urano, podría llegar a Neptuno con el empujón de U2. En su renovado papel de Macphisto, Bono le vende el alma al diablo y se la revende a Mcdonalds. Pop Mart es el fascinante Apocalipsis con figuras donde se ensaya una destrucción tras otra, donde lo real ocurre por televisión y donde los máximos sacerdotes del alto volumen anuncian que lo importante ya pasó, a imagen y semejanza de las modas y sus marcas, y que no hay drama mayor que la banaildad de la supervivencia:: “Podeis ir en paz: el mundo ha terminado”.

***
La delicia de leer a Juan Villoro va más allá de todo utilitarismo que nos expulsa del anti-Eden, donde Eva ya no vendrá, donde hay que pagar la luz, el agua, el gas y la netflix con el sudor de tu frente…El Safari accidental es un periscopio cultural para degustar los destellos la gran cocina que trasciende los siglos: la Literatura.

OCTUBRE 2015