HIJAS DE LA MALA VIDA…

A Ramón Garza, el Groucho Marx de Monterrey.

ROBERTO GUILLEN
Que me fui al teatro Versalles, queridos lectores, para gozar la misma frescura de una playa en el pacífico, mediante el formidable montaje que consigue Renán Moreno al presentarnos Las Hijas de la Mala Vida, una pieza del dramaturgo Humberto Robles, Premio Nacional de Dramaturgia, Emilio Carballido 2014.Un duo fantástico son Veva Cuervo y Yaya Mier, que flotan y nos hacen flotar entre los pinceles de Pablo Picasso, quien eterniza aquel imaginario burdel filosófico que inspiró Les Demoiselles d Avignon. Sin duda una obra que satisface la retina intelectual del maestro Octavio Paz, cuando nos advierte que hay obras que encarnan un enorme poder de evocación y que con el tiempo se van convirtiendo en una permanente posibilidad de metamorfosis, abierta para todos los Hombres.
En la sala de un museo Margot y Penélope convergen, riñen y se confiesan ante la obra vanguardista de un Picasso que devora a sus mujeres como un ritual de rigor para liberar su Creatividad. Al ritmo del coñac una estampa del arrabal y una pretendida aristócrata van destejiendo la madeja de sus mentiras, prejuicios y miserias que terminan por descubrir en la misma obra, que intentan destruir y mutilar con el símbolo de todo inquisidor maniqueo:
¡Hijo de su puta madre! mira cómo me puso… lloriquea la madam del refinamiento plástico enfundada con el estilo de una Parisienne, al advertir en la obra el Cementerio de Venus, trazado con la misma energía con se comete un acto criminal.
Mientras Margot luce remolona, prosaica y lúdica al narrar sus encuentros con el toro en brama, Penélope se observa calcinada por los labios que mordieron a Picasso. Ella sufre “la picazón de fornicar con lo pintado”.
Ambas son dos calenturas más que sucumbieron al credo del pintor malagueño:
“Las mujeres que no amo se me pegan, y las que amo desaparecen”.
Si en un principio el diálogo es un diáfano duelo lingüístico, que las describe y las contiene, el Deseo por el toro en brama las desdibuja y las hermana. Si en el tempo inicial de la pieza la verdulera que bebió a borbotones la irresistible energía libidinal del pintor, intenta vengarse y destruir la Obra, al final vemos a una “baronesa cachondona”desbaratada y bramando por un acto de venganza.
En la noche mágica del Versalles tuvimos la suerte de contar con el mismo dramaturgo, afamado por ser el contemporáneo, cuyas piezas se representan más en el extranjero. Al charlar con Humberto, nos sorprendió que la obra no se ha presentado en la CDMX. Y nos gustó el humilde reconocimiento que extiende para quienes hacen posible el teatro en Monterrey. Que estentórea y perentoria sonó su verdad en el escenario, una vez que el duo fantástico nos hizo flotar con los días cachondos de Picasso:
El teatro no existe, si la gente no asiste.