MAESTRO SOLDADOR

MAESTRO SOLDADOR

POR JOAQUIN HURTADO PEREZ

Viene un hombre mayor con otro más joven por la calle, barrio Consty. Arrastran una máquina de soldar. Pregunto al joven: ¿son soldadores? El chavo responde secamente: ese es mi papá. El mayor se detiene, se aferra a un poste, toma aire, resopla, saluda con la cabeza a Rosy, responde a mi pregunta: yo soy el soldador, a la orden. Fíjese, señor, necesitamos que refuerce un barandal. Vengan, dice el hombre, acompáñenme, les mostraré mi trabajo. Vamos hasta una casa deshabitada, entramos, nos muestra su obra: un enrejado que cubre todo el cielo del patio. La propietaria ha sufrido varios robos del mismo rata. La solución fue radical: ella decidió meterse en un calabozo para evitar más atracos. Salimos. El soldador señala otra casa con altas tapias, picos, púas, cercas inexpugnables. Se ve bien segura esa casa, ¿usted hizo el jale?, cuestiono. No. Ni Dios lo permita. Esa es la casa del rata, informa el soldador. El rata vive muy seguro, él se protege muy bien pero qué buena friega ha propinado a todos los vecinos, la policía no le hace nada porque no lo ha pescado in fraganti. Intercambiamos números telefónicos, el maestro soldador se va con su hijo. Nosotros seguimos nuestro camino. ¿Por qué el delincuente siempre triunfa y la víctima se jode?, pregunta en voz alta Rosy. Yo no tengo nada que responder.

Roberto Guillen

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