EL TEMPLO DE LOS CHÚNTAROS…

EL TEMPLO DE LOS CHÚNTAROS…

ROBERTO GUILLEN
Si usted ambiciona comulgar con la nueva ola de primigenios y danzantes sacerdotes urbanos, entonces estÁ oligad@ a visitar esta misma noche “El Bar de Max”, donde converge la sonrisa liviana de la liviandad dulcemente buscando cash, con la frescura chúntara de preciosas primaveras en Flor. El sitio hedónico es una casa-sin-tiempo: cualquier minuto del calendario es propio para huir del traqueteo laboral que exige habitar una rugosa ciudad que ya goza de sentirse con los pretenciosos unguentos del gran turismo.Definitivamente no encontrará usted al cadenero malacara ni su concomitante «cover» que describe la “etiqueta” del Barrio Antiguo.
En la primera planta, los parroquianos cachondos se paladean bailoteando con las ávidas prostitutas de ser cortejadas por una billetera libre de complicaciones. Es un geroquiano mercadito de carias expeditas, sazonado con la expresión musical de una gordita boteriana, cuya figura parece flotar al mezclarse con los tonos rojizos de su showcito de luces, amen de las fumarolas que expiden los Hijos del Deseo. Ciertamente en la primer planta hay encanto, pero es preciso echar a volar la Imaginación para no sufrir los fierros de cada parpadeo calcúlico. De hecho, sin esa gordita boteriana, la composición se cae. Deviene el insoportable tedio. Es como si a la noche se la tragara una daga-espinosa pinceleda de Van Gogh. Y todos nos queremos largar. Renegamos del cabildeo mercenario feminoide Buscamos la elevación. El virgilio que me introdujo al Templo de los Chúntaros fue el caricaturista Ramón Garza. Con tecate en mano arribamos a la nube del fondo primigenio de los humanos. La nube insólita donde los sexos son anulados.Chamaquitos danzaban con chamaquitos y morritas danzaban con morritas. Al ritmo de la Cumbia del Amor, los chúntaros planeaban sobre el infinito con el ya famoso paso del gavilán. Y el furor dancístico de las chúntaras…¡aaaahhh…! Las figuras en pleno vuelo consiguen anular la pétrea relojeria-realidad . Evaporan la costra que somos. Por un instante escapan al tiburón Destino. Danzar en el Max es otra forma de lubricar…y la dionisíaca energía de las cholitas es un desafío para espabilar a una gavilla de incandescentes cholillos mexicanos. En el templo de los chúntaros enciende el fuego una sacerdotiza. Ella carga y descarga el Deseo de los otros. Las dos esferas están presentes: en la planta baja, para ensayar el reptil que todos llevamos dentro; y la esfera superior para quienes buscan volar sin escalas. Un sitio ritualistico para olvidarse de sí mismo. Quizás el kibbutz del Deseo cortazariano; quizás el Leteo Baudelareano. El no-lugar donde el embriagarse es inferior a danzar. Donde las chúntaras no exhiben los tatuajes estilizados que ya se pusieron de moda entre los estereotipos del ghetto resuelto. Los tatuajes de las chúntaras son tan grotescos como los estragados rostros que traza Geroca. A parte de Aristeo Jiménez, nadie ha capturado tan fielmente las cantinillas vaporosas de Monterrey, como Geroca. La estética moscardona del chúntaro es el vuelo sin etiquetas ni consignas. Si para el Quijote de la Mancha el que canta, sus males espanta, para el chúntaro el que danza su desamparo evapora y «kolombianiza». El clímax de la noche encuentra su punto con “La Cumbia de los Pajaritos…” entonces el Templo se transforma en una caldera flotante, y los cuerpos frisan con mutua complacencia El vórtice de los chúntaros se transfigura en una orgía postmoderna donde no se requiere sacar la pistola. Y la sacerdotiza es mucho mas que un receptáculo instrumental. Deviene la brizna humedad : el Max nos devela que el fondo primigenio es el ballet de la fusión. Hermanarse con el otro. Pero también hay que decir que esto solo ocurre durante “La Cumbia de los Pajaritos”, después viene la Caida: como quien sufre un resbalón en la grupa de la Gran Quimera.

***
El otro día llegué al Max como a eso de las cuatro de la mañana para comulgar en el desmadrito luminoso del Max. El Templo vibraba como si en cualquier instante fuera a estallar un kamikaze palestino. Compré mi tecate de rigor y al ritmo de la cumbia Virgen de Guadalupe, me lancé a la marea para tentar la suerte de la noche:
“Virgen de Guadalupe…patrona del mexicano”
Quiero que me disculpes…por toditos mis pacados.
“Virgen de Guadalupe…te llevo en mi escapulario”.
“Virgen de Guadalupe…virgencita de ojos tristes”

Con los ojos cerrados y mientras engullía mi cerveza, disfrutaba de las notas musicales, cuando de pronto sentí el cuerpo juvenil…al abrir mis parpados me estrellé contra el rostro de una morrita que provocativamente mostraba su lengua y emitía sonidos guturales incomprensibles, al tiempo que aleteaba sus brazos y en su danza me incitaba al Viaje del fuera máscaras…

ABRIL 2002
REVISTA RONDA

Roberto Guillen

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