UNA NOCHE CON EL TERRIBLE Y LIBERTARIO MARQUES DE SADE…

ANDRES VELA
Aún en la resaca de la pandemia, después de la incertidumbre que parecía haberlo arrasado todo con su vacío, tenemos el teatro, en un momento en el que quizá sea más acuciante aún esa representación crítica de las cosas.
“Un termómetro en el culo de la sociedad”, diría Carballido, pero hay obras que lo son definitivamente; y con su estética entran como un bisturí en la conciencia del espectador. Esto ocurre con el terrible Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, estrenada en el Café Teatro y en plena temporada.
Terrible, maravillosamente terrible como fue (sigue siendo) el Marqués de Sade, la puesta en escena de Xavier Araiza es un reto actoral que no suele apreciarse en la ciudad. ¿Cuántas veces se habrá llevado al Marqués de Sade a las tablas? La memoria dice que, sólo Araiza ha tenido el empeño inicuo de tomar por las solapas al espectador. Lejos del poder, sin bozal que lo haga titubear, Araiza no teme provocar: su trabajo teatral siempre es profundo (léase: reflexivo y perturbador a un tiempo).
Porque el que ve su teatro no es introducido con la amabilidad estúpida del cine que chorrea la empresa Multimedios (y especies anexas). La propuesta de éste dramaturgo y director es despertar al espectador (también lector) y hacerlo participar… ¿de qué? De ese trabajo que es intelectual y emocional; catártico y filosófico.
Y por supuesto, dicho lo anterior, sobra hablar sobre el riesgo en términos sociales: no se volverá popular como los youtuberos y tampoco será redituable como otras obras que se venden como hotdogs en Morelos. ¿Cómo llegarle un espectador? Pues bien, ese denso diálogo (lleno de parrafadas filosóficas que pocos se atreven ya no digamos a leer, sino a meditar), es un portento de ritmo escénico; ese es un logro de ese par de actores que son Alejandro López y Guillermo Quijano.
Definitivamente actores, no sólo intentos histriónicos de una lectura memorizada, ellos, Alejandro y Guillermo, logran una perfecta armonía. Quien vaya a ver la obra verá que no exagero, y que ese ir y venir de expresiones matizadas logran que el espectador no se canse, que siga sus pasos, que repare en una frase, que se ría mientras piensa en un cierto acento irónico; ese diálogo lo es también de expresiones, no sólo de ideas.
Una obra que Guillermo ya conocía y a la que Alejandro se sumó con verdadera fortuna, pues sus intervenciones son largas exposiciones de argumentos contra un sacerdote que se revuelve en sus preceptos. De la mano de Xavier Araiza, Alejandro fue caminando por varios papeles hasta llegar aquí, momento que algunos vemos como madurez, que dispone el camino para otros trabajos. Quien vea la obra se sorprenderá de nunca sentir el fastidio que a veces se siente con tanto bla bla bla, pues aquí, ni la discusión es bizantina, ni los actores unos improvisados. Este diálogo interesa, atrapa.
Pero todo lo anterior es gracias al trabajo del director y sus dos actores, que adaptan al Marqués, no sólo lo exponen. ¿Lo percibiríamos igual a través de otra compañía? La cuestión queda ahí, para ser imaginada por quien contemple la obra. Eso también han logrado Xavier y sus actores: replantearnos el teatro; es decir: ¿qué teatro merecemos en esta ciudad?
El terrible y libertario Sade, adelantado a su tiempo, irrumpe en la anquilosada Monterrey, hablando directamente desde el contexto pandémico, pero también a las cloacas ideológicas que aún deslucen nuestra ciudad. Eso, cada lunes, en el ya mencionado Café Teatro.

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