RECORDANDO A JULIO GALAN

POR ROBERTO GUILLEN
@Periodistta
Me parece que acudir al Centro de las Artes de Monterrey, a ver la retrospectiva de Julio Galán, es asistir a un redescubrimiento de la Ciudad, y tal vez de la misma plástica mexicana. Diez años después, la aureola estética de Julio Galán se erige como una joya de San Pedro. Un luminoso testamento sin tiempo, como resultado y trofeo de un puñado de estetas, destinados a posibilitar lo que ya se observa como brotes de un Esplendor, en el norte de México. De tal manera que al asistir a la inauguración del evento, me sentí imbuido en el espíritu de una ceremonia que celebraba la refundación de la Ciudad. No era 16 de septiembre, ni 31 de diciembre. Era la noche de una chispa de bengala llamado Julio Galán.
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Su vida y obra describen una liturgia para consumir la vida como un fósforo: Festividad, Deseo y Transgresión. El oráculo de Julio Galán: Pronto.
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En algunas de sus obras, se antoja como un documento-golosina para decantar la Mexicanidad. Si Chabela Vargas prolonga la herida Joséalfrediana, la celebridad encarna la iridisiaca imagen de ese tapón de sidra, pero como Potencia de una Identidad. A 10 años de su desaparición, la chispa de bengala va encontrando un sitio entre María Izquierdo, Frida Khalo y los escenarios delirantes de un Gabriel Figueroa: ¿otra manera de leer el Laberinto de la Soledad?
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En su pincelada el boato, la tentativa de un manifiesto, y el suicidio se columpian del Capricho. Trazo por trazo y línea por línea, Julio Galán corresponde a la verdad del galerista Guillermo Sepúlveda:
Un artista es aquel que no tiene Choice.

2016/REVISTA RONDA