LA NOCHE DE ARTURO RIVERA

ROBERTO GUILLEN

Rivera hace de la realidad una posibilidad inédita.
Avelina Lesper

Monterrey.- Se encienden las luminarias del Arte a su paso. Pareciera que en sus bolsillos también trae esa lamparilla de Aladino que nunca tuvo ningún anticuario de la Mitología T.

Si la otra noche tuvimos la bella oportunidad de solazarnos con su colección privada de Rodolfo Nieto, pues ahora el buen Mauricio Fernández nos ofrece la obra de Arturo Rivera, un banquete plástico que frisa con la potencia de un Clásico. Algo así como el espinoso realismo que golpetea las pupilas de “la buena vibra” y toda motivación personal de bolsillo. Una obra que exhibe y desnuda la diarrea conceptual del arte que menudea en los días corrientes. Pero qué se le va hacer… la generación actual, que se ha escapado de una bolsita de pizzerolas, tan solo reproduce la debacle de todos los “ismos”. O sea, ya no hay nada en qué creer. Y la metáfora de una instalación devino en un pedazo de mierda.

Adiós a la vuelta de tuerca.

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Digamos que Arturo Rivera es el José Revueltas de la plástica mexicana. Si a la narrativa del escritor comunista la distinguen los escenarios lóbregos, tétricos, y todo lo que tenga que ver con la suerte de un perro callejero, el maestro Rivera emprende un viaje sin escalas por el universo Nasty de la condición humana.

Y por eso el realismo Nasty de Rivera se torna mayestático, a tal grado que consigue arrancarle una perla a la estelar crítica de arte del momento, Avelina Lesper:

Rivera hace de la realidad una posibilidad inédita.

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En la Noche de Arturo Rivera, Carlitos me tomó una foto sentado en la base de la Jineta, ese bello bronce donde una desnuda venusina monta a un cerdo con la mirada orgásmica de Santa Teresa.

Y les hablo de Carlitos porque siempre anda bien trajeado como esos personajes fúnebres que tratan de consolarte mientras a tu pariente lo están metiendo a un pozo y tú le estás arrojando una flor… o sea, Carlitos es todo un personaje riveriano. Así como pintó a esos rembrandianos enanos que hacen las veces de verdugos bajo la férula de Herodes, un día de estos, el realismo Nasty de Rivera debería retratar al buen Carlitos. Propongo que la obra lleve por título Carlitos Protecto Deco.

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La Noche de Arturo Rivera también sirvió para constatar que Mauricio Fernández continúa ofreciendo los mejores cocteles de la City. Esa noche se papearon los coctelerillos, esa pintoresca fauna que suele tomar por asalto los banquetes donde se destapan las viandas de Aladino. Hasta parecían mocosos en brazos de Santa Clós. Pero faltó el Cristo de los Canapés. Estoy seguro que el maestro Rivera hubiera padecido un arrebato plástico y tal vez notaría que su Nasty Colección sigue en el hoyo negro de la incompletud.

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Por favor váyanse a ver la Herida –con hache de Hitler– plástica del maestro Arturo Rivera. La llaga-métete-el-dedo, la titiritera ya te chingaste, la culpa feroz, Aquí está Eva, Putos, el chiquinguya lo serás tú, la loquera dame un beso, el “Encuentro” con un Laberinto de agua Dulcinea, en la barca-comételo-vivo, y todo lo que encierra el Universo Nasty del pintor que trabajó de albañil en Nueva York; lo pueden degustar en el Centro Cultural Plaza Fátima. No cobran. O sea, No Cover.

19 DE ABRIL DE 2016
PUBLICADO EN 15 DIARIO

@Periodistta