LA LOCA DEL MANIQUÍ

ANDRES VELA
Diálogo/monólogo; soliloquio que nunca se desbarranca en el martiroloquio, a pesar de tocar excitantes cumbres de patetismo. El maravilloso texto de La Loca del Maniquí (escrito por Xavier Araiza), es un caudal que se bifurca no en dos, sino en muchísimas direcciones (y éstas se multiplican aún más en la sensibilidad del espectador conforme piensa consigo mismo). La posibilidad de que este caudal sea experiencia viva, es responsabilidad del actor Xavier Caro.
El logro de Caro, es tal, que el también actor Aarón Coré se levantó apenas terminó la función para exclamar –emocionado- el entusiasmo por la actuación de Xavier. No hacía más que poner palabras, o enunciar, lo que el público reunido sintió al ver la intensidad de Caro en el escenario. Y es que en verdad, la densidad ideológica del texto es un reto para cualquier actor. Todavía más si se piensa que el actor interpreta a una mujer.
Largo y concentrado trabajo debió ser el de los dos Xavieres modelando este personaje tan rico como particular. No desvaría en la referencia fácil: todo es concomitante; cada filósofo o escuela filosófica viene a señalar un hecho histórico, un tópico ineludible, y todo ello en torno a un ser: La Mujer. La mujer, ser evadido y explotado a un tiempo; la mujer, como personaje transversal, presencia en la línea del tiempo histórico; la mujer transgredida y por lo mismo reflexiva. Mujer rota.
No imaginaba Aarón Coré ni el público presente el deslumbramiento próximo cuando, para la primera llamada, Xavier Caro aparece en el escenario y presenta la obra como quien anuncia un acontecimiento memorable. Ahí comienza la obra. La más brechtiana de Xavier Araiza (al menos hasta donde tenemos conocimiento). Es un problema de estructura que el dramaturgo ha creado para darle movimiento y perspectiva a una obra que no sólo es discurso, sino discurso y forma en la estética. Y como ya hemos dicho, en esto el otro Xavier, Caro, es fundamental.
Porque su encarnación de una mujer no sólo requiere un gran trabajo actoral que haga ver a esa mujer mutilada, sino que pueda volver palpables las distintas metáforas que rodean al personaje. Una de ellas, materializada en el maniquí mutilado al que constantemente se dirige. Se dirige a sí misma, pero la alteridad no eclipsa al otro (otra) u otros, pues Caro –brechtianamente previsto por Araiza- va y vuelve de la escena, mudándose constantemente del ropaje del personaje para interpelar al espectador.
Son variaciones de un tono irónico y disruptivo, de esta mujer de clase alta, crítica y cultivada, que desgrana sus opiniones de intelectual eludido por el machismo, mientras se contempla a sí misma en ese
maniquí al que terminará asesinando (quizás para cruzar la línea que lleva a la nada, pero sólo a través del acto escénico). Ella canta, se masturba, psicoanaliza a Freud; lo niega y se burla de él como sólo podría hacerlo una inteligencia que conoce a profundidad (y quizá con devoción) su doctrina: lo respeta pero lo padece.
Uno sólo ve a un actor rodeado de accesorios en un espacio amueblado, y sin embargo, siente que ha visto y vivido mucho más: el monólogo, el musical, la tragedia, una visión del mundo, un repaso de las ideas políticas o una sesión de terapia, por decir lo menos.
Esa intensa experiencia que es La Loca del Maniquí, puede ser vivida por el espectador en el Café Teatro, todos los martes de año. Para mayores informes, aquí su página: https://www.facebook.com/CafeTeatromty